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Música Clásica y ópera de Classissima

Lang Lang

lunes 27 de febrero de 2017


Ya nos queda un día menos

15 de febrero

Lugansky con Nagano: mejor Prokofiev que Grieg

Ya nos queda un día menosDesigual disco este, registrado –con toma sonora quizá no tan espléndida como debería– en la Jesus-Christe Kirche berlinesa por los ingenieros de Naive en febrero de 2013, En él Nikolai Lugansky une sus fuerzas a la Deutsche Symphonie-Orchester Berlin y a Kent Nagano –que había sido titular de la misma entre 2000 y 2006– para ofrecer un programa de lo más atractivo: Concierto para piano nº 3 de Prokofiev y Concierto para piano de Grieg. Las cosas funcionan mucho mejor en la primera de las obras citadas. De ella el moscovita ofrece una espléndida recreación en la que luce un fraseo ágil, efervescente y con mucha garra, admirablemente acompañado por un Nagano vehemente, atentísimo al tratamiento de las texturas y dispuesto a resaltar, como el solista, los aspectos más angulosos de la escritura, al tiempo que subraya con acierto los aspectos inquietantes y oníricos que alberga la página. Lástima que no terminen de profundizar en el lirismo y la sensualidad que asimismo subyacen en los pentagramas, aunque afortunadamente tampoco hay caídas en la blandura ni altibajos en el discurso. En la maravillosa partitura de Grieg el enfoque vuelve a ser extrovertido, brillante, desplegando ambos artistas nervio bien entendido y una buena dosis de comunicatividad, pero ni el pianista logra sintonizar con el espíritu de la obra, cuyas frases más virtuosísticas les suenan un tanto desaprovechadas –sin llegar a ser mecánicas: su toque, además de prístino, es de apreciable riqueza–, ni el director logra desplegar la sensualidad y el lirismo humanista que la partitura necesita. Eso sí, Lugansky ofrece una cadenza de apreciable garra dramática y el maestro californiano aporta un regusto amargo –frases de la cuerda tras la referida cadenza, o todo el segundo movimiento– que resulta muy conveniente, mientras que la coda final está dicha con tremenda fuerza expresiva. ¿Mis versiones favoritas? Lang Lang con Rattle en Prokofiev y Arrau tanto con Dohnányi como con Sir Colin Davis en Grieg, aunque recojo otras no menos excepcionales en mi discografía comparada.

MIAMI ☼ CLÁSICA

Ayer

De luces y de sombras: Grosvenor y Lang en Miami

Diez años de edad separan a Benjamin Grosvenor y Lang Lang, dos estrellas del piano que esta semana pasaron por Miami. Uno en franco ascenso, el otro consagrado y ambos entre lo mas… Sigue leyendo →




Ya nos queda un día menos

5 de enero

Elegante y sensible Axelrod en el Año Nuevo del 2017

Supongo que orgulloso del enorme éxito de ventas de su Rhapsody in blue junto unos insoportables Lang Lang y Herbie Hancock (¡hay que tener ganas de ascender en este mundillo para atreverse a ser compinche de un mamarracho semejante!), John Axelrod subió anoche al podio de la Real Sinfónica de Sevilla de la que es titular para dirigir un concierto de Año Nuevo francamente satisfactorio. O al menos, en una línea distinta a la que en el maestro tejano es habitual: en lugar de enérgico, vistoso y de trazo más bien grueso, se ha mostrado en esta ocasión muy fino, elegante y cuidadoso, si bien con irregularidades en la inspiración. Comenzó la velada con una espléndida recreación del vals Oro y plata de Franz Lehár en la que Axelrod sorprendió muy gratamente fraseando con calidez, nobleza y un enorme vuelo melódico, además de con un gusto exquisito. La ROSS le sonó francamente bien, con una cuerda muy empastada y un buen equilibrio entre familias. Por cierto: se escucha bastante mejor en el Paraíso, donde estuve anoche, que en el patio de butacas. Siguió Johann Strauss II con Vida de artista y la obertura del Barón gitano: muy correcta aunque sin especial inspiración la primera de las piezas, pero más bien decepcionante la segunda por insulsa, poco diferenciada entre sus diferentes atmósferas expresivas y de una alarmante falta de garra y de electricidad. En cualquier caso, debemos reconocer que Axelrod fraseó con delectación y estimuló de manera admirable a las maderas de la orquesta para que dieran lo mejor de sí mismo en sus intervenciones. Tchaikovski a continuación. Polonesa y Vals de Eugenio Oneguin me recordaron un poco a las grabaciones de 1973 de Leopold Stokowski, y no lo digo como elogio: vistosas y un tanto broncas en lo sonoro. Sin embargo, Axelrod superó con creces al mítico y sobrevalorado maestro en lo que a delectación melódica se refiere: ¡qué maravillosas frases en los violonchelos! Sencillamete magnífico, aunque en una línea voluptuosa, sensual y ensoñada antes que otra cosa, el Vals de las flores, solo emborronado por un pequeño capricho del maestro en la coda. Mención aparte merece Daniela Iolkicheva por su deslubrante solo en la página de El Cascanueces; a ella le debo, dicho sea de paso, haber descubierto hace muchísimos años esa música maravillosa que es el citado vals de Oneguin en uno de aquellos conciertos dominicales en la Sala Apolo de los que guardo grato recuerdo. Los mejores momentos del concierto estuvieron en la suite del Rosenkavalier. Procuré quitarme de la mente la maravilla que le escuché a Kirill Petrenko en Múnich el verano pasado y disfruté muchísimo con el exquisito tratamiento tímbrico, la enorme concentración y la magia poética que John Axelrod desplegó en momentos clave como la entrada del caballero y, sobre todo, el clímax ("In Gottes Namen") del sublime trío escrito por Richard Strauss. No me gustó, sin embargo, el tratamiento del "Ohne mich" y ni el resto de las músicas relacionadas con Osch, y en general encontré la suite, boicoteada por la toses de un sector del público que no tenía ni puñetera idea de qué clase de música sublime estaba escuchando, bastante discontinua en el trazo, a veces con escasa gracia. Axelrod tuvo la desafortunada idea de rematarla con un exageradísimo regulador que no venía a cuento. Justo lo mismo hizo al cerrar la primera de las propinas, la Danza china del Cascanueces. Estupenda, sin embargo, la Danza del hada del azúcar, con una estupenda Tatiana Postnikova a la celesta. La inevitable Marcha Radetzki, estupendamente interpretada, cerró un concierto con suficientes cosas buenas como para salir de él muy satisfecho. PD. Que se hayan arreglado los problemas financieros de la ROSS es muy buena noticia. Y que haya fallecido Prêtre, una muy triste. Otro más que se nos va.



Ya nos queda un día menos

11 de noviembre

New York Rhapsody, el bodrio de Lang Lang

El genial Lang Lang decide incrementar de manera sustancial su cuenta corriente convirtiéndose en hilo conductor de un proyecto pergueñado por el productor Larry Klein a raíz de una propuesta que, según este último cuenta en las notas al programa, partió de una idea de Herbie Hancock. Homenaje a Nueva York, dicen. Ciertamente. Nada de crossover, aseguran. Pues esto no me lo creo, porque lo que este disco contiene se le parece muchísimo: Aaron Copland, Leonard Bernstein, Danny Elfman, Henry Mancini, Alicia Keys, Lou Reed... Todos ellos y unos cuantos más, juntos y revueltos mediante unos arreglos a medio camino entre el pop, el new age y el easy listening con resultados a ratos atractivos, a veces de dudoso gusto, y en general bastante aburridos, por mucho que se haya contado con artistas invitados de verdadero lujo. Bueno, confieso que me ha encanto la intervención del actor Jeffrey Wright –voz subyugante–, y que Madeleine Peyroux no lo hace mal en la maravillosa Moon River. En cuanto al piano, lo mismo podría ser Lang Lang que Richard Cleyderman. Ni que decir tiene que los auténticos directores musicales de todo esto no son sino el productor y el ingeniero de sonido, sentados en una mesa de mezclas y jugando a combinar tracks grabados en muy distintos lugares del mundo con artistas que probablemente no se han visto ni la cara. Solamente hay una pieza que en principio, y solo en principio, se salva de los arreglos: la Rhapsody in blue de Gershwin en la versión para dos pianos. Lang Lang en uno y el citado Herbie Hancock en el otro. Por desgracia, los dos artistas deciden hacer lo que les da la gana y ofrecen una interpretación libérrima que para algunas sensibilidades resultará de una creatividad de los más atractiva, pero que a mí me ha parecido amaneradísima y autocomplaciente, quebrándose el discurso musical cada dos por tres y haciendo que por momentos la partitura resulte irreconocible. Nada que ver con la maravilla de las hermanas Labéque con Riccardo Chailly, desde luego. Para los que vivimos al sur de Despeñaperros este disco tiene un morbo adicional: quien toma la batuta en la obra de Gershwin es John Axelrod, teniendo a su disposición no a la orquesta húngara que participa en el resto del disco, ni tampoco a su Sinfónica de Sevilla, sino a la mismísima London Symphony. Y debo decir que ofrece una dirección idiomática y con garra, inspiradísima en la célebre sección nocturna central, pero en general algo gruesa y un punto efectista. Es decir, justo lo que le conocemos en el podio del Maestranza. La toma sonora está realizada –en todo el disco– a un volumen disparatadamente alto, con la consecuencia de una gama dinámica más bien chata. Faltan relieve y espacialidad, mientras los graves resultan un punto saturados y la sonoridad global resulta confusa. Lo dicho en el título de esta entrada: un bodrio. Aunque un bodrio que venderá muchísimo.

Ya nos queda un día menos

15 de octubre

Lang Lang con Rattle: efectivamente, el mayor nivel posible

Efectivamente. Tal y como reza el título de este lanzamiento realizado por Sony Classical ya hace algún tiempo, Lang Lang, Sir Simon Rattle y la Filarmónica de Berlín alcanzaron el mayor nivel posible cuando registraron el Concierto para piano nº 2 de Bartók y el Concierto para piano nº 3 de Prokofiev en febrero y abril de 2013, respectivamente, en la Philharmonie de la capital alemana. He escuchado el registro –realizado con soberbia toma sonora– varias veces, realizando a su vez numerosas comparaciones con interpretaciones a cargo de otros artistas, y no he dejado de maravillarme. Sobre todo en lo que al pianista chino se refiere. En el Bartók lo que asombra de Lang Lang no es solo la insultante facilidad con la que parece tocar una partitura de dificultad extrema, hasta el punto de que probablemente nunca se haya escuchado a ningún otro pianista una ejecución tan ágil y nítida en la digitación. Deslumbra también su capacidad para modelar el sonido desde los fortísimos más atronadores hasta las más sutiles veladuras, desde lo muy percutivo hasta lo sutilmente impresionista. Y lo hace igualmente su manera de frasear combinando cantabilidad y flexibilidad con una tensión interna que no deja lugar a tomar aliento. Pero lo que le encumbra a lo más alto es la riqueza, inteligencia y sensiblidad de sus matices, ofreciendo multitud de acentos que revelan que esta obra ofrece posibilidades expresivas que van más allá del mero contraste entre la fiereza de los movimientos extremos y el carácter nocturno del central, pues se encarga de explorar muy especialmente el lirismo y la sensualidad que subyacen los pentagramas. Rattle dirige a su portentosa orquesta con mano firme, energía muy controlada y gran atención al detalle, aunque sin subrayar aristas ni resultar virulento; en este sentido, se echan de menos la energía, la incisividad y el colorido de un Solti –con Ashkenazy–, quizá también su imaginación en algunos pasajes. En cualquier caso, su técnica y su convicción terminan triunfando, sobre todo cuando se trata, como en el caso del solista, de poner de relieve los aspectos más líricos de la partitura de Bartók, o de demostrar que los pasajes más virtuosísticos –por ejemplo, el “canto de pájaros” que es eje del simétrico Adagio– están llenos de poesía. En la partitura de Prokofiev no se puede decir que la dirección sea creativa o reveladora, pero sí perfecta por su estilo –a medio camino entre lo tardorromántico y lo moderno–, por su sentido del ritmo, por su portentoso sentido del color –el que necesita Prokofiev, con aspereza y sensualidad en su punto justo–, y por su convicción en todas y cada una de las diferentes atmósferas expresivas que desarrolla la partitura, desde la ironía más amable que sarcástica –con la que sin duda encaja la personalidad del maestro– hasta el lirismo de altos vuelos de la sección central del último movimiento, en el que se consigue un clímax –pura nostalgia doliente, como suele ocurrir en el autor– de enorme emotividad, pasando por un tema con variaciones maravillosamente paladeado por la batuta. Aparte, claro está, hay que admirar una portentosa puesta en sonidos con la que tiene mucho que ver no solo la técnica de Sir Simon, sino también el virtuosismo parece que sin límites de la orquesta berlinesa, posiblemente en su mejor momento. Y de Lang Lang, ¿pues qué quieren que les diga? Nos vuelve a dejar pasmados no solo por poseer agilidad digital, potencia sonora y resistencia física suficientes para “dar las notas”, lo que no es precisamente fácil, sino también para modelar el sonido, ofrecer los más variados colores, acertar con la expresión exacta –desenfado, ironía, carácter lúdico, lirismo nostálgico y garra dramática– y encontrar el acento apropiado para el momento justo sin resultar rebuscado ni perder la decisión en el trazo. Todo ello sin que parezca realizar esfuerzo alguno. Una cosa: si aún no tienen en su discoteca este producto, no se compren el CD. Adquieran el Blu-ray. Éste incluye las dos grabaciones en alta resolución, tanto en surround como en dos canales, más la filmación completa del Prokofiev –la grabación en audio corresponde al 13 y 14 de abril de 2013, el vídeo parece corresponder solo al segundo día– y un documental.

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